La herencia de la belleza

Friday, September 02, 2011

Título cursi donde los haya, la herencia de la belleza es en lo que pienso cuando veo perfiles ingleses como el de Jeremy Irons en ‘Retorno a Brideshead’. Pero no sólo creo en eso. La herencia de la belleza también aglutina todo lo preciado que poseemos: unas pestañas largas o un mentón abyecto; una mandíbula afilada o unas piernas de vértigo.

El físico, por muy enmascarable que sea, susurra inevitable a los otros una identidad impuesta y acumulada tras incontenibles generaciones de éxito sexual y procreador. Y es sin embargo el físico un intento fallido de armonía, pues su perfección cultural juega en la liga de los pobres con perdón. De aquellos que disimulan una reproducción lastimera, para entendernos.

Quisiera recrearme en metáforas imposibles por manidas; mejor no. Supongo que me duele la belleza –me frustra la belleza– porque la belleza es lo que no consigo ser. Pero dejemos de hablar de mí: hay un espectro insaciable ahí fuera que no admite mayor sublevación que la aceptación de su vehemencia.

La belleza, creo, es triste porque enseña a ser mejor o peor que el otro. Es clasista y medianamente repugnante o, dicho de otro modo, perpetúa el arcaico status quo de los poderosos contemporáneos. Por último, decir que me asusta (la belleza) y que, claro queda, no tendría nada sin ella.


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