Nacido en el ochenta y poco y periodista entre otros muchos, Vicente Ferrer dedica su tiempo libre a deambular entre pasatiempos y frustraciones, sueños y emolumentos. Ha fracasado en casi todo lo que se ha propuesto, y en esa ciénaga ha aprendido cualquiera de las cosas que sabe. No es libre, ni feliz -ni probablemente sincero-, pero sí reconoce el valor último de su certidumbre: transformación y desarrollo (trauma y revolución).
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